Eso también nos pasa: ya no enseño igual que cuando empecé
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A veces ocurre durante una conversación con un colega que recién inicia. O cuando encontramos una planeación antigua guardada en alguna carpeta. De pronto aparece una certeza difícil de ignorar: ya no enseñamos igual que antes. La pregunta es si eso significa que perdimos algo en el camino o si quizá estamos viendo una transformación más profunda.
Cuando miramos hacia atrás y descubrimos que hemos cambiado
Muchos docentes hemos vivido una escena parecida.
Alguien nos pregunta cómo hacíamos algo hace diez o quince años.
Revisamos materiales antiguos.
Recordamos nuestros primeros grupos.
Escuchamos a un docente novel hablar con entusiasmo sobre ciertas ideas que nosotros también teníamos al comenzar.
Y entonces aparece el pensamiento.
«Ya no enseño igual que cuando empecé.»
La reacción suele ser ambigua.
A veces sentimos orgullo.
A veces nostalgia.
A veces incluso cierta incomodidad.
Mirar hacia atrás para voltear a ver El maestro que creía que iba a ser.
Porque no siempre sabemos cómo interpretar ese cambio.
La tensión aparece cuando descubrimos que la experiencia nos ha transformado más de lo que habíamos notado mientras ocurría.
Una escena que muchos reconocemos
Quizá sucede cuando recuerdas cuánto tiempo dedicabas a ciertos detalles.
O cuando comparas una actividad que antes utilizabas con las decisiones que tomas hoy.
Tal vez ocurre al observar a docentes que recién comienzan y reconocer en ellos preguntas, preocupaciones o certezas que también fueron tuyas.
No se trata necesariamente de grandes transformaciones.
A veces son cambios pequeños.
La forma de explicar.
La manera de relacionarte con el grupo.
Las expectativas que tienes sobre el aprendizaje.
La importancia que otorgas a determinadas cosas.
La manera de entender los errores.
La forma de resolver conflictos.
Poco a poco aparece una sensación difícil de ignorar.
Algo cambió.
La interpretación rápida que solemos hacer
Cuando reconocemos esa transformación, solemos interpretarla de dos maneras opuestas.
La primera consiste en pensar que hemos mejorado.
La segunda consiste en creer que nos hemos desgastado.
A veces incluso alternamos entre ambas explicaciones.
Algunos días sentimos que la experiencia nos volvió más capaces.
Otros días pensamos que nos hizo perder entusiasmo.
Entonces aparecen frases conocidas.
«Antes tenía más paciencia.»
«Antes preparaba cosas más creativas.»
«Antes me involucraba más.»
O también:
«Ahora entiendo mejor a mis estudiantes.»
«Ahora sé qué cosas realmente importan.»
«Ahora me preocupo menos por aparentar que lo sé todo.»
Pero quizá ninguna de estas explicaciones alcanza por sí sola a describir lo que ocurre.
Lo que quizá no estamos viendo
Cuando pensamos en el docente que éramos al inicio solemos compararlo con el docente que somos hoy.
Sin embargo, muchas veces olvidamos algo importante.
La escuela tampoco es la misma.
Los estudiantes no son exactamente los mismos.
Las tecnologías cambiaron.
Las formas de comunicarnos cambiaron.
Las expectativas sociales sobre la educación cambiaron.
Las políticas educativas cambiaron.
Incluso nuestras propias condiciones de vida cambiaron.
Por eso la comparación no ocurre entre dos versiones de una misma experiencia.
Ocurre entre dos momentos históricos distintos de la profesión.
Muchas veces no solo cambiamos nosotros.
También cambia el contexto en el que enseñamos.
La tensión docente detrás de la escena
Quizá una de las razones por las que este descubrimiento genera emociones encontradas es porque toca algo muy profundo de nuestra identidad profesional.
Queremos sentir que seguimos siendo fieles a aquello que nos llevó a elegir la docencia.
Pero también sabemos que la experiencia nos ha obligado a transformarnos.
Algunas veces esos cambios nos llevan incluso a actuar de formas que juramos evitar.
Entonces aparece una pregunta silenciosa.
¿Sigo siendo el mismo docente?
Y detrás de ella surge otra aún más compleja.
¿Debería seguir siendo exactamente el mismo?
Porque permanecer idénticos después de años de experiencia quizá tampoco sería una buena noticia.
Enseñar implica aprender.
Y aprender suele transformarnos.
Una transformación que ocurre mientras trabajamos
Lo curioso es que la mayoría de estos cambios ocurren sin que los notemos.
No solemos levantarnos una mañana sintiendo que nos convertimos en otro docente.
La transformación sucede lentamente.
En cientos de clases.
En conversaciones con estudiantes.
En errores.
En aciertos.
En conflictos.
En aprendizajes inesperados.
En decisiones pequeñas que repetimos durante años.
Por eso muchas veces solo logramos verla cuando observamos el recorrido completo.
Cuando miramos hacia atrás.
Cuando recordamos cómo pensábamos al inicio.
Cuando reconocemos que ciertas cosas dejaron de tener el mismo significado.
Una pequeña relectura de la escena
Tal vez la próxima vez que aparezca la frase «ya no enseño igual que cuando empecé» podríamos detenernos un momento antes de decidir si eso es algo bueno o malo.
Quizá la pregunta más interesante no sea si cambiamos.
Quizá la pregunta sea qué nos enseñó la experiencia para que esos cambios ocurrieran.
Porque algunas transformaciones nacen del desgaste.
Pero otras nacen de la comprensión.
Algunas surgen del cansancio.
Pero otras aparecen cuando comenzamos a entender mejor la complejidad de enseñar.
Y muchas veces ambas cosas ocurren simultáneamente.
Conversando entre maestros
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Preguntas para seguir pensando
- ¿Qué cambios reconoces en tu manera de enseñar desde que comenzaste tu trayectoria docente?
- Cuando piensas en el docente que eras antes, ¿qué explicación aparece primero para interpretar esos cambios?
- ¿Cuánto de esa transformación pertenece únicamente a tu experiencia personal y cuánto también refleja los cambios de la escuela y de la sociedad?
Reflexión final
La experiencia docente suele dejar huellas que solo alcanzamos a ver cuando observamos el camino recorrido.
Algunas veces nos vuelven más prudentes.
Otras veces más flexibles.
Otras más críticos.
Otras más comprensivos.
Lo importante quizá no sea determinar si enseñamos mejor o peor que antes.
Tal vez lo importante sea reconocer que enseñar también implica transformarse.
Porque la docencia no es únicamente una actividad que realizamos.
También es una experiencia que nos modifica mientras la vivimos.
Y quizá comprender quiénes nos hemos convertido como docentes forma parte de comprender mejor la escuela que nos toca habitar.
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