Eso también nos pasa: me convertí en el maestro que juré que nunca sería

Un día te descubres diciendo una frase que escuchabas de tus maestros cuando eras estudiante. O reaccionando de una manera que alguna vez criticabas. La conclusión suele aparecer rápido: “me convertí en el maestro que juré que nunca sería”. Pero quizá la historia es un poco más compleja que eso.

Cuando nos sorprendemos pareciéndonos a aquellos docentes que prometimos no imitar

Muchos docentes hemos vivido una escena parecida.

Estás en medio de una jornada larga. El grupo está inquieto. Intentas explicar algo por tercera vez. El tiempo comienza a presionarte. Y entonces dices una frase que años atrás te parecía impensable.

Tal vez fue un “guarden silencio”.

Tal vez un “ya les expliqué varias veces”.

Tal vez alguna expresión que recordabas de tus propios maestros.

La reacción suele ser inmediata.

Una mezcla de sorpresa, incomodidad y culpa.

Porque durante mucho tiempo construimos una idea muy clara sobre el tipo de docente que queríamos ser y, sobre todo, sobre el tipo de docente que nunca queríamos llegar a ser.

Muchas de las promesas que hacemos antes de entrar al aula nacen del docente que imaginábamos ser.

La tensión aparece cuando descubrimos que la experiencia de enseñar es mucho más compleja que las promesas que hicimos antes de vivirla.

La escena que muchos reconocemos

No suele ocurrir durante nuestros mejores días.

Aparece cuando estamos cansados.

Cuando el grupo está especialmente inquieto.

Cuando intentamos resolver varias cosas al mismo tiempo.

Cuando sentimos que el tiempo ya no alcanza.

Y de pronto hacemos algo que años atrás habríamos cuestionado.

Levantamos más la voz de lo habitual.

Interrumpimos una conversación.

Perdemos la paciencia.

Tomamos una decisión que no encaja completamente con la imagen idealizada que teníamos de nosotros mismos.

Entonces aparece el pensamiento.

“Me convertí en el maestro que juré que nunca sería”.

La interpretación rápida que solemos hacer

La lectura inmediata suele ser bastante dura.

Pensamos que nos volvimos autoritarios.

Que perdimos la vocación.

Que dejamos de ser el docente que queríamos construir.

Que la rutina nos cambió.

Que la escuela terminó apagando nuestros ideales.

A veces incluso aparece una sensación de fracaso personal.

Como si aquella escena demostrara que algo importante se perdió en el camino.

La conclusión parece lógica.

Si estoy haciendo algo que antes criticaba, entonces me estoy convirtiendo en aquello que no quería ser.

Pero quizá esa explicación resulta demasiado rápida.

Lo que quizá no estamos viendo

Cuando observamos la situación con más detenimiento aparecen otras preguntas.

¿Qué cosas desconocíamos sobre la docencia cuando hicimos aquella promesa?

¿Qué parte de la experiencia escolar veíamos únicamente desde el lugar del estudiante?

¿Qué tensiones no alcanzábamos a comprender porque todavía no nos tocaba habitarlas?

Con frecuencia juzgamos a nuestro yo presente utilizando expectativas construidas por una persona que todavía no conocía completamente la complejidad del aula.

Porque enseñar implica gestionar simultáneamente dimensiones que rara vez aparecen durante la formación inicial.

La diversidad de ritmos.

Las múltiples necesidades de los estudiantes.

La presión institucional.

La carga administrativa.

Las responsabilidades emocionales.

Las urgencias cotidianas.

Los tiempos limitados.

Las propias condiciones humanas de quien enseña.

No se trata de justificar cualquier práctica.

Se trata de reconocer que la experiencia docente ocurre dentro de escenarios mucho más complejos de lo que solemos imaginar antes de vivirlos. Entonces reconocer Ya no enseño igual que cuando empecé es una tranformación necesaria a la realidad educativa. 

La tensión docente detrás de la escena

Quizá lo que más incomoda de estos momentos no es únicamente lo que hacemos.

Es lo que sentimos que dicen sobre nosotros.

Porque muchos docentes construimos nuestra identidad profesional alrededor de ciertos ideales.

Queremos ser pacientes.

Comprensivos.

Reflexivos.

Disponibles.

Presentes.

Cuando alguna situación cotidiana nos aleja de esa imagen, aparece una sensación difícil de nombrar.

No solo cuestionamos una acción.

Comenzamos a cuestionarnos a nosotros mismos.

Y ahí surge la culpa.

No necesariamente porque hayamos actuado mal.

Sino porque sentimos que estamos traicionando la versión del docente que imaginábamos ser.

Tal vez la experiencia también transforma nuestras certezas

Existe otra posibilidad.

Quizá no siempre nos estamos convirtiendo en el maestro que juramos no ser.

Quizá también estamos descubriendo aspectos de la profesión que antes no alcanzábamos a comprender.

Con el tiempo muchas de nuestras certezas iniciales se vuelven más complejas.

Lo que antes parecía una decisión sencilla revela nuevas capas.

Lo que antes juzgábamos rápidamente comienza a entenderse desde otro lugar.

Y algunas prácticas que veíamos únicamente como errores empiezan a mostrarnos tensiones, contextos y desafíos que no habíamos considerado.

La experiencia no necesariamente destruye nuestros ideales.

A veces los vuelve más realistas.

Más situados.

Más humanos.

Una pequeña relectura de la escena

Tal vez la próxima vez que aparezca ese pensamiento —“me convertí en el maestro que juré que nunca sería”— podríamos detenernos un momento antes de aceptar completamente esa conclusión.

No para justificar todo lo que hacemos.

Ni para dejar de revisar críticamente nuestra práctica.

Sino para preguntarnos algo distinto.

¿Qué parte de esta experiencia habla realmente de mí y qué parte habla también de la complejidad de enseñar?

Porque quizá el problema no siempre sea que nos estamos convirtiendo en alguien que no queríamos ser.

Quizá también estamos aprendiendo cosas sobre la docencia que antes simplemente no podíamos ver.

Conversando entre maestros

¿Alguna vez te has descubierto haciendo algo que juraste que nunca harías como docente?

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Preguntas para seguir pensando

  • ¿Qué situaciones cotidianas te han hecho sentir que te pareces a docentes que antes criticabas?
  • Cuando aparece ese pensamiento, ¿qué interpretación haces primero sobre ti mismo?
  • ¿Qué cosas has comprendido sobre la docencia que antes te resultaban difíciles de ver desde fuera del aula?

Reflexión final

La experiencia docente suele estar llena de promesas que hacemos antes de comprender completamente la profesión.

Algunas permanecen.

Otras cambian.

Y muchas se transforman cuando la realidad comienza a dialogar con nuestras expectativas.

Quizá crecer profesionalmente no consiste únicamente en sostener intactas todas nuestras ideas iniciales.

Tal vez también implica aprender a revisarlas, complejizarlas y reconstruirlas a la luz de la experiencia.

Porque la docencia no solo transforma nuestra manera de enseñar.

También transforma la manera en que comprendemos qué significa ser docente.