Dos estudiantes pueden vivir en la misma colonia y no vivir la misma realidad
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Compartir escuela, edad o colonia puede hacernos pensar que nuestros estudiantes viven condiciones semejantes. Pero detrás de esas coincidencias existen relaciones, recursos, recorridos y experiencias que pueden hacer que un mismo territorio sea vivido de maneras profundamente diferentes.
A veces necesitamos ordenar la realidad para poder comprenderla.
Hablamos de estudiantes de determinada generación, de escuelas urbanas o rurales, de contextos socioeconómicos, de comunidades con ciertas características o de familias que comparten algunas condiciones.
Estas categorías pueden ayudarnos a reconocer patrones.
El problema comienza cuando dejamos de utilizarlas como referencias y empezamos a tratarlas como explicaciones.
Dos estudiantes pueden tener la misma edad, asistir a la misma escuela y vivir a unas cuantas calles de distancia.
Incluso pueden utilizar las mismas plataformas digitales.
Y, sin embargo, llegar cada mañana al aula desde experiencias muy diferentes.
Uno puede contar con una familia capaz de acompañarlo académicamente. Otro puede tener que resolver muchas dificultades escolares por sí mismo.
Uno puede recorrer su colonia con tranquilidad. Otro puede modificar horarios y trayectos para evitar determinados espacios.
Uno puede pasar la tarde estudiando. Otro puede trabajar.
Uno puede participar en actividades deportivas o culturales. Otro puede permanecer la mayor parte del tiempo en casa.
Por eso, después de preguntarnos en Conocer el contexto de nuestros estudiantes es mucho más que saber dónde viven, necesitamos dar un paso más.
No solamente importa identificar las condiciones que rodean a nuestros estudiantes.
Necesitamos reconocer que una misma condición no produce necesariamente una misma experiencia.
Compartir un lugar no significa habitarlo de la misma manera
Durante nuestra conversación con Ismael Jiménez apareció una idea especialmente interesante.
Ismael ha trabajado como docente en diferentes escuelas y contextos. Esa experiencia le permitió observar que incluso jóvenes que viven en una misma colonia pueden relacionarse de maneras distintas con el territorio que comparten.
Algunos conocen ampliamente su barrio, construyen relaciones en él y participan de sus espacios.
Otros pueden vivir ahí y mantener una relación mucho más limitada con el entorno.
El territorio es compartido.
La experiencia del territorio no necesariamente lo es.
Pensemos en una colonia con una unidad deportiva.
Para un estudiante puede ser simplemente un edificio por el que pasa todos los días.
Para otro puede ser el lugar donde entrena, donde construyó amistades y donde encontró adultos significativos fuera de su familia.
El espacio físico es el mismo.
Su lugar dentro de la historia de cada persona es diferente.
Esto nos ayuda a entender algo fundamental:
un territorio no solamente se ocupa; también se recorre, se evita, se utiliza, se interpreta y se convierte en parte de nuestras relaciones.
Las diferencias no siempre son visibles desde el salón
Cuando nuestros estudiantes entran al aula, muchas de esas diferencias dejan de ser evidentes.
Todos se sientan frente a nosotros.
Todos reciben aparentemente la misma actividad.
Todos tienen el mismo horario.
Todos escuchan la misma explicación.
Pero no todos llegaron hasta ahí de la misma manera.
Pensemos simplemente en una tarea para realizar en casa.
Para un estudiante puede significar sentarse frente a una computadora en un espacio relativamente tranquilo.
Para otro, hacerla desde un teléfono.
Otro puede compartir habitación, dispositivo o conexión.
Alguien más quizá necesite terminar primero alguna responsabilidad familiar o laboral.
Y puede existir otro estudiante con todos los recursos materiales disponibles, pero sin alguien cercano a quien preguntar cuando no comprende algo.
Mirados desde el salón, todos recibieron la misma tarea.
Mirados desde sus condiciones de vida, la misma tarea puede representar experiencias muy diferentes.
Esto no significa que podamos conocer todas esas diferencias antes de tomar cualquier decisión.
Significa que deberíamos ser cuidadosos cuando interpretamos los resultados como si todos hubieran partido exactamente del mismo lugar.
Tener más o menos dinero no explica toda una experiencia
Cuando hablamos de desigualdad es comprensible que nuestra mirada se dirija primero hacia los recursos económicos.
Importan.
Pueden modificar profundamente las posibilidades educativas de una persona.
Pero durante la entrevista apareció también una advertencia necesaria: reducir la experiencia de nuestros estudiantes solamente a lo económico puede llevarnos a ignorar otras dimensiones.
Las redes familiares importan.
El nivel educativo de las personas cercanas puede importar.
Las relaciones comunitarias importan.
La movilidad importa.
Las experiencias de violencia o seguridad importan.
Los espacios disponibles importan.
Las relaciones afectivas también importan.
Un estudiante puede disponer de recursos materiales y experimentar soledad o escaso acompañamiento.
Otro puede enfrentar limitaciones económicas y contar con una red familiar o comunitaria muy sólida.
Nada de esto convierte la desigualdad en una cuestión de actitud personal ni significa que las condiciones materiales dejen de importar.
Nos recuerda algo más complejo:
las personas no viven una sola dimensión de su realidad a la vez.
La experiencia escolar se construye en la interacción entre muchas de ellas.
La misma dificultad tampoco significa necesariamente la misma historia
Esta idea también funciona en sentido contrario.
Así como dos estudiantes aparentemente semejantes pueden vivir experiencias diferentes, dos estudiantes con la misma conducta pueden haber llegado a ella desde lugares distintos.
Dos alumnos no entregaron el trabajo.
¿Significa que ocurrió lo mismo?
No necesariamente.
Dos estudiantes llegan tarde.
¿La explicación es la misma?
Tampoco podemos saberlo solamente observando la tardanza.
Dos permanecen en silencio durante la clase.
Uno quizá no comprendió.
Otro puede estar cansado.
Otro simplemente prefiere observar antes de participar.
Otro puede estar preocupado por algo que ocurrió fuera de la escuela.
Y también puede existir quien simplemente decidió no involucrarse en esa actividad.
El punto no consiste en inventar explicaciones para cada conducta.
Consiste en reconocer que una conducta observable no contiene por sí misma toda la historia que la produjo.
Por eso el siguiente paso de este recorrido será Lo que parece flojera puede ser solamente lo que alcanzamos a ver.
No para sustituir una etiqueta por una justificación.
Sino para aprender a mantener abierta nuestra interpretación un poco más de tiempo.
Las nuevas generaciones tampoco viven una sola realidad
Esta discusión adquiere todavía más importancia cuando hablamos de las nuevas generaciones.
Durante este dossier hemos intentado comprender transformaciones que efectivamente atraviesan a muchos jóvenes contemporáneos.
Las redes sociales.
Los teléfonos inteligentes.
La comunicación permanente.
Las plataformas.
La inteligencia artificial.
Nuevas formas de construir identidad y pertenencia.
Pero reconocer estas transformaciones no significa asumir que todos los jóvenes las experimentan de la misma manera.
Dos adolescentes pueden tener TikTok instalado y habitar espacios digitales completamente diferentes.
Uno puede seguir videojuegos.
Otro contenido sobre maquillaje.
Otro política.
Otro fútbol.
Otro anime.
Otro comunidades de estudio.
Otro creadores relacionados con formas particulares de masculinidad, estética, música o identidad.
Incluso utilizando la misma plataforma, sus experiencias pueden tener pocos puntos de encuentro.
Y las condiciones materiales también atraviesan esa experiencia.
No utiliza internet de la misma manera quien dispone de varios dispositivos, conexión estable y espacio propio que quien depende de datos móviles, comparte equipo o dispone de tiempos limitados para conectarse.
Por eso la entrevista sobre territorio resultaba necesaria para cerrar el recorrido sobre nuevas generaciones.
Nos permitió recordar que la cultura digital no sustituye las condiciones territoriales: se entrelaza con ellas.
Nuestros estudiantes pueden participar en mundos globales desde condiciones profundamente locales.
Cuidado con convertir las condiciones en destinos
Comprender estas diferencias puede ayudarnos a mirar mejor.
Pero también contiene un riesgo.
Podemos comenzar a pensar:
“Este estudiante vive en una zona vulnerable, seguramente tendrá dificultades.”
“Sus padres no estudiaron, entonces tendrá poco apoyo.”
“Viene de una familia con recursos, así que seguramente no tiene problemas.”
“Trabaja por las tardes, por eso no rendirá.”
En ese momento dejamos de utilizar el contexto para comprender posibilidades y comenzamos a utilizarlo para anticipar destinos.
Y las personas suelen desbordar nuestras predicciones.
Durante la entrevista aparecen jóvenes que, aun enfrentando condiciones difíciles, desarrollan estrategias para continuar sus trayectorias educativas. También aparece la advertencia de no romantizar esas experiencias ni asumir que quien aparentemente dispone de mejores condiciones carece de dificultades.
Esto es importante.
Reconocer la capacidad de una persona para responder ante condiciones adversas no debería llevarnos a idealizar la adversidad.
Un estudiante no debería necesitar demostrar que puede superar obstáculos evitables para ser considerado valioso.
Pero tampoco deberíamos mirar sus condiciones y decidir anticipadamente quién puede llegar a ser.
Comprender una desigualdad no significa convertirla en identidad.
La igualdad dentro del salón no elimina las diferencias con las que llegamos a él
Aquí aparece una tensión profundamente educativa.
Queremos ser justos.
Y una de las maneras más intuitivas de hacerlo consiste en ofrecer lo mismo a todos.
La misma actividad.
El mismo tiempo.
La misma explicación.
La misma regla.
La misma oportunidad.
En muchas situaciones eso será adecuado.
Pero si nuestros estudiantes participan desde condiciones diferentes, ofrecer exactamente lo mismo no garantiza que todos puedan relacionarse con ello de la misma manera.
Porque reconocer diferencias no significa construir una educación distinta para cada persona ni abandonar criterios comunes.
Significa preguntarnos cuándo una decisión aparentemente igualitaria puede estar ignorando condiciones relevantes.
Y esa pregunta solamente aparece cuando dejamos de imaginar al grupo como una colección de estudiantes intercambiables.
Comprender diferencias tampoco significa que podamos resolverlas todas
Mientras más dimensiones aprendemos a observar, más compleja puede sentirse nuestra responsabilidad.
Ahora sabemos que importa la movilidad.
Las redes familiares.
Los recursos.
La seguridad.
Las relaciones.
Los espacios digitales.
Las condiciones institucionales.
¿Tenemos entonces que intervenir sobre todo?
No.
Esta distinción es fundamental.
Conocer que una condición está influyendo en la experiencia escolar puede ayudarnos a revisar una decisión pedagógica, conversar con un estudiante, buscar información adicional o solicitar apoyo.
Pero reconocer una desigualdad no significa disponer individualmente de los medios para eliminarla.
Por eso este recorrido también nos llevará hacia Comprender mejor para intervenir mejor: ¿hasta dónde llega nuestra responsabilidad docente?.
Comprender debería ayudarnos a decidir mejor dónde podemos actuar.
No hacernos sentir que tenemos que resolver personalmente toda la complejidad que logramos observar.
Una misma aula reúne muchos mundos
Quizá una de las imágenes más útiles para pensar un grupo sea dejar de imaginarlo como una realidad homogénea.
Treinta estudiantes sentados en un mismo salón no representan treinta versiones de una misma experiencia juvenil.
Son treinta trayectorias que durante algunas horas coinciden en un espacio común.
Comparten algo.
Una escuela.
Un docente.
Una actividad.
Una generación.
Quizá una colonia.
Pero llegan con historias, relaciones, recursos, identidades y maneras diferentes de interpretar aquello que sucede.
La desigualdad educativa no significa únicamente que algunos estudiantes tienen más y otros menos. También significa que las condiciones desde las que participan en la escuela pueden ser profundamente diferentes.
Comprender esto no debería llevarnos a intentar conocer completamente la vida de cada estudiante.
Eso sería imposible.
Pero sí puede ayudarnos a sospechar de nuestras generalizaciones.
Y cuando nuestra propia mirada no alcance, también necesitaremos reconocer algo más: Ningún maestro puede conocer solo toda la realidad de sus estudiantes.
Otros docentes pueden observar dimensiones que nosotros no vemos.
Las familias conocen otras.
Los propios estudiantes conocen experiencias a las que nosotros nunca tendremos acceso completo.
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Preguntas para seguir pensando
- ¿Qué características compartidas por nuestros estudiantes hemos convertido, sin darnos cuenta, en supuestas experiencias compartidas?
- Cuando dos estudiantes presentan el mismo resultado o comportamiento, ¿solemos asumir que llegaron a él por las mismas razones?
- ¿Cómo podemos reconocer condiciones diferentes sin convertirlas en etiquetas que terminen definiendo lo que esperamos de cada estudiante?
Reflexión final
Las categorías son necesarias.
Nos ayudan a reconocer tendencias, organizar información y aproximarnos a realidades demasiado complejas para observarlas de una sola vez.
El problema comienza cuando olvidamos que siguen siendo categorías.
“Nueva generación”.
“Contexto vulnerable”.
“Clase media”.
“Estudiante urbano”.
“Joven conectado”.
Cada expresión puede decirnos algo.
Ninguna puede decirnos todo.
Dos estudiantes pueden vivir en la misma colonia y construir relaciones distintas con ella.
Pueden asistir a la misma escuela y experimentarla desde condiciones diferentes.
Pueden utilizar las mismas plataformas y habitar mundos digitales que apenas se cruzan.
Incluso pueden mostrar la misma conducta y haber llegado a ella por caminos completamente distintos.
Por eso comprender mejor a nuestros estudiantes quizá no consista en encontrar categorías cada vez más precisas para definirlos.
Puede consistir en aprender a utilizarlas sin olvidar que detrás de ellas existen personas.
Compartir un espacio no significa compartir una experiencia. Y reconocer esa diferencia puede ayudarnos a mirar el aula con menos certezas rápidas y mejores preguntas.
Quizá esa sea una de las tareas más difíciles de enseñar en una realidad compleja:
aprender a reconocer aquello que compartimos sin dejar de mirar aquello que nos hace diferentes.
Para profundizar
📌Conocer el contexto de nuestros estudiantes es mucho más que saber dónde viven.
📌 Lo que parece flojera puede ser solamente lo que alcanzamos a ver.
📌 Comprender mejor para intervenir mejor: ¿hasta dónde llega nuestra responsabilidad docente?.
📌Ningún maestro puede conocer solo toda la realidad de sus estudiantes.







