¿Cómo enseñar sin caer en la nostalgia de “antes todo era mejor”?

Recordar otras formas de vivir la escuela no es un problema. Muchos docentes conocimos aulas, relaciones y maneras de enseñar que todavía valoramos. La dificultad aparece cuando el pasado se convierte en la única medida para interpretar a los estudiantes y la escuela del presente.

 


Hay días en los que el pasado parece mucho más sencillo

La frase aparece con facilidad en las conversaciones entre maestros.

«Antes los alumnos ponían más atención.»

«Antes había más respeto.»

«Antes los padres apoyaban más.»

«Antes sí querían aprender.»

No siempre se dice desde el enojo.

A veces surge después de una clase difícil.

De una reunión complicada.

De varios intentos por lograr que un grupo participe.

O simplemente después de comparar nuestra experiencia actual con otros momentos de nuestra trayectoria.

Entonces el pasado comienza a sentirse distinto.

Más ordenado.

Más comprensible.

Quizá hasta más sencillo.

Y no necesariamente estamos inventándolo.

Hubo prácticas que funcionaron.

Relaciones que recordamos con cariño.

Estudiantes que respondían de otras maneras.

Formas de organizar la escuela que todavía consideramos valiosas.

El problema no consiste en recordar.

La nostalgia comienza a limitar nuestra mirada cuando dejamos de utilizar el pasado como experiencia y empezamos a utilizarlo como medida absoluta del presente.


La nostalgia también habla de algo que valoramos

Resultaría demasiado fácil responder a cualquier frase sobre el pasado diciendo:

«Los tiempos cambian.»

Probablemente sea cierto.

Pero no explica por qué determinados recuerdos profesionales permanecen con tanta fuerza.

Cuando un docente recuerda con nostalgia otra época de su carrera, quizá también está hablando de aquello que considera importante.

De una relación distinta con sus estudiantes.

De cierto reconocimiento profesional.

De una sensación de comunidad.

De tiempos escolares menos fragmentados.

De formas de convivencia que encontraba valiosas.

De una etapa en la que sentía mayor seguridad sobre aquello que debía hacer.

La nostalgia, entonces, puede contener información.

Nos muestra qué cosas asociamos con una buena experiencia docente.

Por eso no necesitamos combatirla.

Necesitamos interpretarla.

Preguntarnos:

¿qué es exactamente lo que extraño cuando digo que antes era mejor?

La respuesta puede decirnos tanto sobre el pasado como sobre nuestra experiencia actual.


También recordamos la escuela desde el presente

Existe otra dificultad.

Nuestra memoria no funciona como un archivo perfecto.

Cuando recordamos nuestros años como estudiantes o las primeras etapas de nuestra carrera, no recuperamos cada detalle con la misma intensidad.

Algunas experiencias permanecen.

Otras desaparecen.

Los momentos significativos adquieren mayor peso.

Las dificultades pueden verse distintas después de muchos años.

Incluso los problemas cotidianos que en su momento resultaron agotadores pueden perder fuerza en el recuerdo.

Esto no convierte nuestros recuerdos en falsos.

Los convierte en humanos.

Miramos el pasado desde aquello que somos hoy.

Por eso comparar una escuela recordada con una escuela vivida diariamente produce una asimetría importante.

Del presente conocemos:

los conflictos,

los pendientes,

las contradicciones,

las dificultades,

los problemas de esta semana.

Del pasado conservamos una selección.

A veces comparamos la complejidad completa del presente con una versión editada del pasado.

Y esa comparación puede hacernos sentir que todo necesariamente empeoró.


“Antes” tampoco fue igual para todos

Hay otra pregunta incómoda pero necesaria:

¿para quién era mejor la escuela de antes?

Algunas personas recuerdan una escuela donde existía mayor autoridad docente.

Otras recuerdan una escuela donde tenían miedo de preguntar.

Algunos recuerdan mayor disciplina.

Otros recuerdan castigos, humillaciones o silencios que hoy resultarían difíciles de justificar.

Hubo estudiantes que encontraron en la escuela un espacio extraordinario de crecimiento.

También hubo quienes quedaron fuera, fueron etiquetados o simplemente aprendieron a permanecer invisibles.

Esto no significa juzgar el pasado desde una supuesta superioridad del presente.

Cada época necesita comprenderse dentro de sus propias condiciones.

Pero precisamente por eso conviene evitar idealizaciones.

La escuela del pasado tuvo fortalezas.

También contradicciones.

Como las tiene la nuestra.

Pensar históricamente nos permite hacer algo más interesante que elegir entre:

«antes era mejor»

o

«ahora todo es mejor».

Nos permite preguntar:

¿qué cambió, qué ganamos, qué perdimos y qué necesitamos volver a pensar?


La experiencia puede convertirse en nostalgia cuando deja de dialogar con el presente

Quienes llevamos años enseñando hemos construido una memoria profesional.

Sabemos cómo eran otros grupos.

Recordamos estrategias que funcionaron.

Conocimos otros ritmos escolares.

Experimentamos distintas formas de relación con estudiantes, familias y colegas.

Todo eso forma parte de nuestros saberes docentes.

Maurice Tardif ayuda a comprender la importancia de estos saberes construidos durante la trayectoria profesional. La experiencia no es algo que debamos abandonar para responder a cada nueva transformación educativa.

Pero precisamente porque tiene valor necesita mantenerse viva.

Una experiencia que dialoga con el presente puede ayudarnos a interpretar.

Una experiencia convertida en parámetro inamovible puede impedirnos observar aquello que es nuevo.

La diferencia puede parecer pequeña.

No es lo mismo decir:

«Antes esto funcionaba mejor.»

que preguntarnos:

«Esto funcionaba antes. ¿Qué condiciones hacían posible que funcionara y cuáles de ellas siguen existiendo hoy?»

La primera frase establece una comparación.

La segunda produce conocimiento profesional.


A veces la nostalgia protege nuestra identidad docente

Existe además una dimensión más profunda.

Algunas prácticas no son simplemente técnicas que utilizábamos.

Forman parte de nuestra identidad.

Aprendimos que un buen maestro explicaba de determinada manera.

Que una clase bien organizada tenía ciertas características.

Que la autoridad se construía siguiendo algunos códigos.

Que los estudiantes demostraban interés mediante determinados comportamientos.

Durante años esas ideas pudieron ayudarnos a sentirnos competentes.

Sabíamos leer el aula.

Sabíamos qué hacer.

Pero cuando esas señales cambian aparece una sensación de pérdida.

No solo cambió el estudiante.

También dejaron de funcionar algunos referentes con los que evaluábamos nuestra propia capacidad profesional.

Entonces el pasado puede convertirse en refugio.

«Antes sabía enseñarles.»

«Antes sí podía controlar un grupo.»

«Antes mis clases funcionaban.»

Desde esta perspectiva, la nostalgia no siempre habla únicamente de generaciones.

También puede expresar el esfuerzo de un docente por conservar continuidad en su identidad mientras la profesión cambia alrededor de él.

Comprenderlo permite tratar esa experiencia con mayor cuidado.


No todo lo nuevo representa progreso

Evitar la nostalgia tampoco significa aceptar que todo cambio es positivo.

Lo nuevo no es necesariamente mejor.

Una tecnología puede aportar posibilidades y crear nuevos problemas.

Una reforma puede introducir ideas valiosas y generar contradicciones.

Una nueva práctica cultural puede ampliar ciertas formas de participación mientras debilita otras.

Una innovación pedagógica puede resultar útil en determinados contextos y superficial en otros.

Pensar críticamente el presente exige conservar la capacidad de cuestionarlo.

Por eso abandonar la idea de que «antes todo era mejor» no debería conducirnos a otra igualmente simplificadora:

«ahora todo es mejor porque es nuevo.»

La reflexión profesional necesita evitar ambas posiciones.

Ni venerar el pasado.

Ni rendirse ante la novedad.

La pregunta no es qué época debemos defender.

La pregunta es qué educación necesitamos construir dentro de las condiciones que realmente tenemos.


Tampoco necesitamos abandonar todo lo que funcionaba

Hay prácticas del pasado que siguen teniendo valor.

Escuchar con atención.

Leer profundamente.

Construir vínculos.

Trabajar con paciencia.

Estudiar.

Conversar.

Escribir.

Practicar.

Sostener límites.

Dar tiempo a un proceso.

Generar espacios donde no todo tenga que producir resultados inmediatos.

Que algunas de estas prácticas tengan una larga historia no las convierte en obsoletas.

El desafío consiste en distinguir entre el principio educativo y la forma histórica que adoptó.

Tal vez seguimos necesitando atención sostenida, aunque debamos preguntarnos cómo construirla dentro de otras condiciones culturales.

Tal vez seguimos necesitando autoridad pedagógica, aunque no pueda ejercerse exactamente de la misma manera.

Tal vez seguimos valorando el esfuerzo, aunque necesitemos revisar cómo lo interpretamos y acompañamos.

Transformar la educación no significa renunciar a todo aquello que aprendimos a valorar. También significa encontrar nuevas formas de sostener lo que todavía consideramos importante.


La práctica reflexiva puede ayudarnos a conversar con nuestro pasado

John Dewey nos permite recordar que una experiencia adquiere sentido educativo cuando puede influir de manera fértil sobre experiencias posteriores.

Esto también puede aplicarse a nuestra trayectoria profesional.

El pasado puede convertirse en una fuente de aprendizaje.

Pero para ello necesitamos interrogarlo.

¿Qué funcionaba realmente?

¿Por qué funcionaba?

¿Qué condiciones existían?

¿Para quién funcionaba?

¿Qué dificultades quizá no veíamos entonces?

¿Qué parte de aquella experiencia sigue siendo relevante?

¿Qué necesitaría transformarse?

Donald Schön complementa esta mirada al situar la reflexión dentro del trabajo profesional.

Cuando una situación actual no responde a nuestros repertorios conocidos, tenemos la posibilidad de revisar nuestras interpretaciones en lugar de repetirlas automáticamente.

La nostalgia puede entonces convertirse en otra cosa:

memoria reflexiva.

Ya no se trata de volver atrás.

Se trata de comprender qué podemos aprender de nuestra propia historia profesional para actuar mejor en el presente.


Cada generación de docentes también tuvo que interpretar una escuela diferente

Hay algo que fácilmente olvidamos.

La escuela que recordamos como estable también fue nueva alguna vez.

Los docentes que nos enseñaron enfrentaron transformaciones que probablemente les resultaron extrañas.

Nuevas tecnologías.

Cambios curriculares.

Modificaciones sociales.

Otros lenguajes juveniles.

Nuevas expectativas familiares.

Diferentes formas de entender la autoridad.

Tal vez también escucharon frases como:

«Los jóvenes ya no son como antes.»

La educación siempre ha ocurrido en el encuentro entre generaciones que crecieron dentro de mundos parcialmente distintos.

Lo particular del presente puede ser la velocidad y profundidad de algunas transformaciones.

Pero la necesidad de reinterpretar la profesión no nació con nosotros.

También forma parte de la historia de enseñar.

Reconocerlo puede aliviar una presión importante.

No tenemos que resolver definitivamente el cambio.

Nos corresponde aprender a enseñar dentro del nuestro.


Quizá necesitamos dejar de comparar generaciones completas

Cuando decimos:

«Los alumnos de antes…»

o

«Los estudiantes de ahora…»

convertimos experiencias enormemente diversas en bloques homogéneos.

Pero nunca existió una sola manera de ser estudiante.

Ni existe ahora.

Hubo alumnos interesados y desinteresados.

Responsables y distraídos.

Curiosos y apáticos.

Grupos sencillos y grupos extraordinariamente complejos.

La diferencia es que nuestra memoria profesional organiza esas experiencias desde el presente.

Por eso quizá resulte más útil abandonar las comparaciones generales y regresar a situaciones concretas.

No:

«Los jóvenes ya no leen.»

Sino:

«¿Qué está ocurriendo con la lectura en este grupo?»

No:

«Ya nadie respeta al maestro.»

Sino:

«¿Cómo se está construyendo la autoridad en esta relación?»

No:

«Antes tenían más interés.»

Sino:

«¿Qué estoy interpretando como interés y cómo se manifiesta hoy?»

Las preguntas concretas producen posibilidades de comprensión.

Las generalizaciones suelen cerrarlas.


Podemos conservar memoria sin vivir mirando hacia atrás

Nuestra historia profesional importa.

No necesitamos deshacernos de ella cada vez que cambia la escuela.

Al contrario.

Nos ayuda a reconocer que hemos atravesado otras transformaciones.

Nos recuerda lo que hemos aprendido.

Nos permite identificar prácticas que todavía consideramos valiosas.

Pero una trayectoria profesional también puede enseñarnos algo más:

que nosotros ya hemos cambiado muchas veces.

No enseñamos exactamente como durante nuestro primer año.

No pensamos igual.

No respondemos igual.

Hemos incorporado algunas cosas y abandonado otras.

Quizá eso demuestra que nuestra identidad docente siempre ha sido más flexible de lo que imaginamos.

Podemos tener raíces sin permanecer inmóviles.

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Preguntas para seguir pensando

Desde tu experiencia: cuando piensas que «antes era mejor», ¿qué aspecto concreto de aquella escuela estás extrañando realmente?

Sobre nuestro presente: ¿qué cambio educativo o cultural crees que solemos interpretar demasiado rápido como una pérdida?

Entre maestros: ¿cómo podríamos recuperar prácticas valiosas del pasado sin convertirlas en argumentos contra los estudiantes del presente?

Reflexión final

Recordar otras formas de vivir la escuela puede ayudarnos a reconocer aquello que todavía valoramos de nuestra profesión.

El problema no está en mirar hacia atrás, sino en esperar que el presente vuelva a parecerse al pasado.

Quizá enseñar sin nostalgia signifique algo más sencillo y más difícil: honrar lo que aprendimos, cuestionar lo que idealizamos y mantenernos disponibles para comprender la escuela que realmente tenemos frente a nosotros.