¿Por qué hoy ser estudiante significa algo diferente?

Ser estudiante nunca ha significado únicamente asistir a clases. Las formas de aprender, relacionarse, participar y construir identidad cambian con cada época. Comprenderlo puede ayudarnos a interpretar por qué algunas de nuestras expectativas sobre los alumnos ya no coinciden con lo que encontramos en el aula.

Todos tenemos una idea de lo que significa ser estudiante

Cuando entramos a un salón de clases no llegamos únicamente con conocimientos pedagógicos, experiencia profesional o una planeación.

También llevamos recuerdos.

Alguna vez estuvimos sentados del otro lado.

Sabemos cómo era escuchar una explicación, entregar una tarea, estudiar para un examen, convivir durante el recreo o esperar la calificación de un profesor.

Esa experiencia construyó silenciosamente una idea sobre lo que significa ser estudiante.

Después comenzamos a enseñar.

Con los años conocimos muchos grupos y nuestra experiencia profesional amplió esa mirada. Aprendimos a reconocer actitudes, anticipar comportamientos y construir ciertas expectativas sobre cómo participa, aprende o se relaciona un alumno.

Hasta que algo comienza a no coincidir.

Los estudiantes responden de maneras que no esperábamos. Se relacionan de formas que nos cuesta interpretar. Algunas actividades parecen tener otro significado para ellos.

Y aparece una comparación casi inevitable:

«Cuando nosotros éramos estudiantes…»

El problema no está en recordar cómo vivimos la escuela. Aparece cuando nuestra experiencia se convierte en la única medida desde la cual intentamos comprender lo que significa ser estudiante hoy.


Ser estudiante también es una experiencia histórica

A veces hablamos del estudiante como si fuera una figura universal.

Un maestro enseña.

Un estudiante aprende.

Pero detrás de esa aparente continuidad existen profundas transformaciones.

Ser estudiante en 1985 no significaba exactamente lo mismo que ser estudiante en 2005.

Y ser estudiante hoy tampoco significa lo mismo.

No porque las capacidades humanas hayan cambiado radicalmente en unas décadas, sino porque las condiciones en las que ocurre la experiencia estudiantil son distintas.

La escuela forma parte de una sociedad.

Cuando cambian las formas de comunicarnos, acceder a la información, construir relaciones, participar en comunidades o comprender el mundo, esos cambios inevitablemente atraviesan las puertas del aula.

Por eso nuestros estudiantes no llegan únicamente con una mochila.

Llegan con experiencias culturales construidas en muchos otros espacios.

Comprender esa diferencia nos permite abandonar una pregunta que suele conducir rápidamente al juicio:

«¿Por qué ya no son como antes?»

y sustituirla por otra mucho más fértil:

¿Qué significa crecer y ser estudiante en las condiciones actuales?


La escuela ya no organiza toda la experiencia de aprender

Durante mucho tiempo, la escuela ocupó una posición especialmente importante en el acceso organizado al conocimiento.

El maestro poseía determinados saberes.

Los libros concentraban información.

El currículo establecía un recorrido.

El aula organizaba tiempos y espacios para aprender.

Todo eso continúa existiendo.

Pero alrededor de la escuela apareció un ecosistema mucho más amplio.

Hoy un estudiante puede encontrar una explicación antes de llegar a clase, aprender una habilidad mediante un video, consultar una inteligencia artificial, participar en una comunidad relacionada con alguno de sus intereses o encontrarse con información que nunca buscó.

Esto no significa que todo lo que ocurre fuera de la escuela sea aprendizaje profundo.

Tampoco significa que el conocimiento escolar haya dejado de importar.

Significa algo más complejo:

la escuela ya no tiene el monopolio de las experiencias mediante las cuales los estudiantes entran en contacto con el conocimiento.

Y eso modifica inevitablemente lo que significa ocupar el lugar de estudiante.


Nuestros alumnos habitan muchos espacios al mismo tiempo

El aula tampoco es el único lugar donde hoy se construyen relaciones.

Un estudiante puede pertenecer simultáneamente a su grupo escolar, una comunidad de videojuegos, varios chats, espacios deportivos, comunidades digitales y redes de amistad que no coinciden necesariamente con su entorno geográfico.

Buena parte de esas relaciones continúa incluso mientras la escuela está ocurriendo.

La frontera entre «estar en la escuela» y «estar fuera de ella» se vuelve menos clara cuando una conversación iniciada durante el recreo continúa por la tarde en un grupo de mensajes y regresa al aula al día siguiente.

Esto puede resultarnos desconcertante.

Especialmente cuando intentamos interpretar comportamientos observando únicamente lo que ocurre frente a nosotros.

Hay silencios que comenzaron fuera del aula.

Conflictos que no vimos nacer.

Referencias culturales que desconocemos.

Relaciones cuya historia no conocemos completamente.

No necesitamos dominar cada espacio que habitan nuestros estudiantes.

Pero sí reconocer que el aula es solo una parte del mundo social desde el que llegan a nosotros.


También cambiaron las formas de relacionarse con la información

Muchos docentes crecimos dentro de una lógica relativamente clara.

Había que buscar información.

Encontrarla podía requerir tiempo.

La biblioteca, el libro y el profesor tenían un papel central.

Para muchos estudiantes actuales el problema suele ser diferente.

La información aparece constantemente.

Buscada o no.

Una duda puede producir cientos de respuestas en segundos.

El desafío ya no consiste únicamente en encontrar información, sino en distinguirla, interpretarla, contextualizarla, relacionarla y evaluar su confiabilidad.

Esta diferencia puede producir algunos desencuentros dentro del aula.

Lo que para nosotros representa una explicación necesaria puede parecerle al estudiante información disponible en cualquier momento.

Lo que para él parece una respuesta suficiente puede resultarnos superficial porque sabemos que acceder a información no equivale a comprenderla.

Ambas experiencias se encuentran diariamente en la escuela.

Y precisamente ahí la tarea docente adquiere nuevas preguntas.


Lo que esperamos de un estudiante también tiene historia

Quizá uno de los aspectos menos visibles sea este.

No solo cambia la experiencia de los estudiantes.

También existen modelos históricos sobre cómo debería comportarse un buen estudiante.

Atender.

Guardar silencio.

Participar.

Cumplir.

Mostrar interés.

Organizarse.

Ser responsable.

Muchas de estas expectativas tienen razones pedagógicas legítimas.

Pero conviene preguntarnos periódicamente qué estamos observando realmente cuando un estudiante no responde como esperábamos.

¿Desinterés?

¿Otra forma de participar?

¿Una dificultad para comprender?

¿Una expectativa nuestra que nunca hicimos explícita?

¿Una tensión entre distintas maneras de entender la escuela?

La práctica reflexiva no exige abandonar nuestras expectativas.

Nos invita a hacer algo más difícil:

volverlas visibles para poder interrogarlas.


Nuestra experiencia sigue siendo valiosa, pero no puede permanecer inmóvil

Aquí aparece una tensión importante para la identidad docente.

Los años de experiencia nos permiten construir conocimientos profesionales que tienen enorme valor.

Maurice Tardif ha mostrado precisamente que el saber docente no procede de una sola fuente. La experiencia cotidiana también produce conocimientos con los que aprendemos a interpretar situaciones, relacionarnos con los grupos y tomar decisiones.

Pero esos saberes se construyen en contextos concretos.

Por eso la experiencia profesional necesita permanecer abierta.

Donald Schön ayuda a comprender este proceso cuando plantea al profesional como alguien que actúa frente a situaciones inciertas y reflexiona sobre aquello que ocurre cuando sus conocimientos habituales no ofrecen una respuesta suficiente.

Un estudiante que no responde como esperábamos puede convertirse simplemente en una frustración.

O puede convertirse en una pregunta.

No para poner en duda toda nuestra experiencia.

Sino para permitir que esa experiencia continúe creciendo.


Comprender el cambio no significa aceptar todo

Reconocer que ser estudiante hoy significa algo diferente puede generar una interpretación equivocada.

Comprender no significa justificar cualquier comportamiento.

Tampoco significa abandonar límites, expectativas académicas o responsabilidades.

Mucho menos supone que la escuela deba adaptarse automáticamente a cada tendencia cultural.

Comprender significa contar con mejores elementos para decidir.

Podemos sostener que algo necesita cambiar después de haber intentado comprender por qué ocurre.

Podemos establecer límites sin convertir una generación completa en un problema.

Podemos cuestionar determinadas prácticas culturales sin reducir a nuestros estudiantes a ellas.

Podemos conservar convicciones pedagógicas y, al mismo tiempo, revisar las interpretaciones desde las que actuamos.

Ahí existe una diferencia fundamental entre reaccionar ante el cambio y pensar pedagógicamente dentro de él.


Ser estudiante cambió porque el mundo también cambió

No existe una única explicación para comprender a los estudiantes actuales.

La cultura digital importa.

Las transformaciones familiares importan.

Las condiciones económicas importan.

Las plataformas importan.

Las expectativas sociales importan.

La experiencia de la pandemia dejó huellas.

La inteligencia artificial introduce nuevas preguntas.

Las instituciones educativas también se han transformado.

Y ninguna de estas dimensiones actúa por separado.

Por eso resulta tan tentador —y tan insuficiente— explicar todo diciendo que «esta generación es diferente».

La generación no existe fuera de su contexto.

Nuestros estudiantes son personas creciendo dentro de determinadas condiciones históricas.

Nosotros también.

Quizá ahí encontremos un punto de encuentro: docentes y estudiantes estamos intentando habitar la misma transformación desde lugares generacionales y profesionales diferentes.

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Preguntas para seguir pensando

Desde tu experiencia: ¿qué diferencias encuentras entre la experiencia escolar que tú viviste y la que observas hoy en tus estudiantes?

Sobre nuestro presente: ¿qué transformación cultural consideras que está modificando más profundamente la manera de ser estudiante?

Entre maestros: ¿qué cambiaría en nuestras conversaciones si antes de preguntar por qué los estudiantes «ya no son como antes» intentáramos comprender qué significa ser estudiante hoy?

Reflexión final

Comprender que hoy ser estudiante significa algo diferente no obliga a renunciar a lo que sabemos sobre educación.

Nos invita a evitar que nuestras experiencias pasadas se conviertan en la única medida del presente.

Cada generación aprende a habitar la escuela desde el mundo que le tocó vivir. Y cada nueva generación también nos plantea a los docentes una pregunta: ¿qué necesitamos volver a mirar para seguir comprendiendo a quienes hoy están frente a nosotros?