¿Cómo sigue aprendiendo un docente a lo largo de su vida profesional?

La formación docente no termina cuando comenzamos a enseñar. A lo largo de nuestra trayectoria seguimos aprendiendo de la experiencia, de otros maestros, del estudio y de las preguntas que nacen en el aula. Aprender también forma parte de nuestra manera de seguir siendo docentes.

Después de comenzar a enseñar empieza otra forma de aprender

Hay una paradoja interesante en nuestra profesión.

Nos formamos durante años para convertirnos en docentes.

Estudiamos teorías.

Aprendemos sobre desarrollo, didáctica, evaluación, currículo y planeación.

Realizamos prácticas.

Observamos clases.

Finalmente llegamos a una escuela y comenzamos a enseñar.

Podría parecer que ahí termina nuestra formación y comienza la aplicación de lo aprendido.

Pero basta entrar al aula para descubrir que ocurre algo diferente.

Aparecen preguntas para las que nuestra formación inicial no podía prepararnos completamente.

¿Cómo acompañar a este estudiante?

¿Por qué una actividad funcionó extraordinariamente con un grupo y fracasó con otro?

¿Cómo relacionarnos con familias cuyas expectativas sobre la escuela son distintas?

¿Qué hacemos cuando cambia el currículo?

¿Cómo incorporamos una tecnología que no existía cuando estudiamos?

Y quizá una pregunta todavía más profunda:

¿cómo seguimos siendo docentes cuando nosotros mismos ya no somos las mismas personas que comenzaron a enseñar?

La formación inicial nos permite entrar a la profesión; la vida profesional nos obliga a seguir aprendiendo dentro de ella.


Aprender durante toda la vida profesional no significa estar siempre actualizándonos

Cuando escuchamos expresiones como formación continua o desarrollo profesional docente, es fácil pensar inmediatamente en cursos.

Una nueva metodología.

Una plataforma.

Una certificación.

Un taller.

Una capacitación.

Todo eso puede formar parte del aprendizaje profesional.

Pero reducir el desarrollo docente a una sucesión permanente de cursos produce una imagen demasiado estrecha de cómo aprendemos.

Porque un maestro puede asistir a muchas capacitaciones sin modificar profundamente su manera de interpretar la enseñanza.

Y también puede transformar su práctica a partir de una experiencia que lo obligó a pensar de otra manera.

Aprender profesionalmente no consiste únicamente en incorporar información nueva.

También significa revisar aquello que hacemos, comprender por qué lo hacemos y reconstruir nuestros criterios cuando la realidad nos muestra algo que no habíamos considerado.

El desarrollo profesional docente es el proceso continuo mediante el cual los maestros amplían, revisan y reconstruyen sus conocimientos, prácticas e identidad a partir de la formación, la experiencia, la reflexión y la interacción con otros.

Desde esta perspectiva, aprender no ocurre solamente fuera del trabajo.

También ocurre mientras trabajamos.


Aprendemos cuando la experiencia se convierte en pregunta

Todos los días vivimos experiencias en la escuela.

Algunas pasan rápidamente.

Otras permanecen con nosotros.

Una clase que salió mucho mejor de lo esperado.

Un estudiante que reaccionó de una manera que no comprendimos.

Una estrategia que dejó de funcionar.

Un conflicto que seguimos pensando camino a casa.

Una conversación que nos hizo cambiar de opinión.

Pero vivir algo no significa necesariamente aprender de ello.

John Dewey ayuda a establecer una distinción fundamental: la experiencia adquiere potencial educativo cuando puede relacionarse con experiencias posteriores y ampliar nuestras posibilidades de comprensión y acción.

Esto exige algo más que acumular acontecimientos.

Exige pensar sobre ellos.

Preguntarnos qué ocurrió.

Qué esperábamos.

Qué interpretamos.

Qué podríamos mirar de otra manera.

La experiencia comienza a convertirse en aprendizaje cuando deja de ser solamente algo que nos pasó y se transforma en algo que podemos interrogar.


Reflexionar sobre la práctica también es aprender

Donald Schön permite llevar esta idea directamente al terreno profesional.

En la práctica no encontramos siempre problemas claramente definidos para los que existe una respuesta previamente disponible.

Muchas veces tenemos que interpretar mientras actuamos.

Probamos.

Observamos.

Ajustamos.

Volvemos a decidir.

Después podemos regresar mentalmente a esa experiencia y preguntarnos qué ocurrió.

En la docencia hacemos esto constantemente.

Modificamos una explicación cuando observamos confusión.

Cambiamos el ritmo de una actividad.

Reformulamos una pregunta.

Decidimos escuchar antes de continuar.

Y después de la clase podemos preguntarnos por qué tomamos esas decisiones y qué aprendimos de ellas.

La práctica reflexiva no consiste en analizar obsesivamente todo lo que hacemos.

Consiste en desarrollar la capacidad de convertir determinadas experiencias profesionales en oportunidades para comprender mejor nuestra propia práctica.


También aprendemos investigando aquello que vivimos

Hay momentos en los que una pregunta profesional permanece.

¿Por qué mis estudiantes tienen dificultades recurrentes con determinado contenido?

¿Qué está ocurriendo con la participación del grupo?

¿Por qué una estrategia funciona de manera diferente a como esperaba?

¿Qué cambia si modifico mi forma de evaluar?

Cuando una pregunta deja de ser una preocupación momentánea y comenzamos a observarla sistemáticamente, aparece otra posibilidad de aprendizaje.

Investigar nuestra propia práctica.

La investigación-acción, desarrollada desde distintas tradiciones y trabajada en el ámbito educativo por autores como Antonio Latorre, propone precisamente una relación estrecha entre acción, reflexión y transformación.

El docente identifica una situación.

La analiza.

Interviene.

Observa lo que ocurre.

Reflexiona nuevamente.

No para convertir cada clase en una investigación académica formal.

Sino para reconocer que la práctica también puede producir preguntas y conocimiento.

Desde esta mirada, mejorar no significa aplicar continuamente soluciones creadas fuera de la escuela.

También podemos construir comprensión desde dentro de ella.


Aprendemos cuando volvemos a estudiar

Reconocer el valor de la experiencia no significa que la experiencia sea suficiente.

Hay situaciones que nos obligan a regresar a los libros.

A buscar investigaciones.

A conocer otras perspectivas.

A estudiar un concepto que habíamos olvidado.

A comprender una realidad que no formó parte de nuestra preparación inicial.

A veces la experiencia produce precisamente eso:

la conciencia de que necesitamos saber más.

Quizá un estudiante nos obliga a investigar sobre una necesidad específica.

Una transformación curricular nos lleva a revisar nuestras ideas sobre evaluación.

La inteligencia artificial nos plantea preguntas que hace algunos años no formaban parte de nuestra profesión.

Un conflicto escolar nos conduce hacia perspectivas sociológicas o culturales que nunca habíamos explorado.

La teoría adquiere entonces otro significado.

Ya no aparece únicamente como algo que estudiamos antes de ejercer.

Puede convertirse en una herramienta para nombrar, interpretar y problematizar experiencias que ahora conocemos desde dentro.

La relación entre teoría y práctica deja de ser lineal.

Se vuelve conversación.


Aprendemos de otros docentes

También existe conocimiento profesional que difícilmente construiríamos completamente solos.

Una conversación después de clases puede ayudarnos a mirar una situación desde otro lugar.

Un compañero puede compartir una estrategia.

Otro puede cuestionar una interpretación que dábamos por evidente.

Un maestro con mayor experiencia puede reconocer algo que todavía no habíamos aprendido a observar.

Y alguien que acaba de incorporarse a la profesión puede hacernos una pregunta que llevábamos años sin formular.

António Nóvoa ha defendido una formación docente construida desde la propia profesión y ha subrayado la importancia de los espacios donde los maestros trabajan, reflexionan y aprenden juntos.

Esta idea cambia algo importante.

El compañero deja de ser únicamente alguien con quien compartimos un centro de trabajo.

Puede convertirse en alguien con quien construimos conocimiento profesional.

Aprender juntos no elimina nuestra experiencia individual.

La amplía.


Aprendemos cuando enseñamos algo a otros maestros

Hay otra forma de aprendizaje que suele pasar inadvertida.

Explicar nuestra práctica.

Cuando intentamos contarle a otro docente por qué hacemos algo de determinada manera, necesitamos ordenar decisiones que normalmente tomamos casi automáticamente.

Tenemos que ponerles palabras.

Justificarlas.

Reconstruir su historia.

Responder preguntas.

En ese proceso podemos descubrir cosas sobre nuestra propia práctica que antes no habíamos hecho conscientes.

Por eso acompañar a docentes que comienzan, participar en comunidades profesionales, compartir una experiencia o discutir una estrategia no beneficia únicamente a quien escucha.

También aprende quien intenta explicar lo que sabe.

Una profesión madura no solamente acumula experiencia.

Encuentra formas de hacerla visible, discutirla y transmitirla.


No aprendemos lo mismo durante toda nuestra trayectoria

Las preguntas profesionales también cambian con nosotros.

Al inicio quizá nos preocupa principalmente sobrevivir a la clase.

Organizar tiempos.

Explicar con claridad.

Manejar un grupo.

Construir seguridad.

Después pueden aparecer otras preguntas.

¿Cómo profundizar el aprendizaje?

¿Cómo comprender mejor a determinados estudiantes?

¿Cómo acompañar a otros docentes?

¿Qué prácticas quiero conservar?

¿Qué cosas ya no tienen sentido para mí?

¿Qué clase de maestro quiero ser durante los próximos años?

Nuestra trayectoria modifica aquello que necesitamos aprender.

Por eso el desarrollo profesional difícilmente puede ser idéntico para todos.

Un maestro que comienza y uno con veinte años de experiencia pueden participar en la misma capacitación y necesitar cosas completamente diferentes de ella.

La formación docente también tiene biografía.


A veces aprender significa reconstruir nuestra identidad

No todos los aprendizajes profesionales consisten en adquirir una técnica.

Algunos modifican la manera en que nos comprendemos.

Una experiencia puede hacernos descubrir que somos capaces de algo que no imaginábamos.

Otra puede obligarnos a reconocer un límite.

Cambiar de escuela puede transformar nuestra manera de entender la profesión.

Acompañar a otros docentes puede llevarnos a asumir una nueva responsabilidad profesional.

Un periodo de agotamiento puede hacernos revisar lo que esperamos de nosotros mismos.

Una nueva etapa personal también puede cambiar nuestra relación con el trabajo.

Aquí el aprendizaje profesional se encuentra con la identidad docente.

António Nóvoa e Ivor Goodson permiten comprender, desde perspectivas distintas, que la profesión no puede separarse completamente de las trayectorias y experiencias de quienes la ejercen.

No aprendemos solamente nuevas maneras de enseñar.

A lo largo de nuestra trayectoria también aprendemos nuevas maneras de ser docentes.


Seguir aprendiendo no significa perseguir cada novedad

En una época de transformaciones rápidas puede aparecer otra presión.

Sentir que siempre estamos atrasados.

Una herramienta nueva.

Otra plataforma.

Una metodología.

Una tendencia educativa.

Una aplicación de inteligencia artificial.

Otro discurso sobre aquello que supuestamente transformará definitivamente la educación.

Ningún docente puede aprenderlo todo.

Y tampoco necesita hacerlo.

El desarrollo profesional no debería convertirse en una carrera permanente detrás de la novedad.

Aprender profesionalmente también implica desarrollar criterio.

Preguntarnos:

¿Qué necesito comprender?

¿Qué problema de mi práctica estoy intentando abordar?

¿Qué merece realmente mi tiempo?

¿Qué aporta esta propuesta?

¿Qué evidencia existe?

¿Qué relación tiene con mis estudiantes y mi contexto?

Saber qué no necesitamos aprender inmediatamente también puede ser una forma de madurez profesional.


Una vida profesional también puede ser una trayectoria de aprendizaje

Quizá podríamos mirar nuestra carrera docente de otra manera.

No solamente como una acumulación de años de servicio.

Sino como una historia de preguntas.

Hubo cosas que aprendimos durante nuestros primeros grupos.

Otras que comprendimos muchos años después.

Algunas certezas permanecieron.

Otras cambiaron.

Hubo personas que transformaron nuestra manera de enseñar.

Libros que nos ayudaron a nombrar experiencias.

Errores que todavía recordamos.

Conversaciones que modificaron decisiones.

Estudiantes que nos obligaron a aprender algo que nunca habíamos previsto.

Vista así, una trayectoria profesional no está formada únicamente por aquello que enseñamos.

También está formada por todo aquello que enseñar nos fue obligando a aprender.

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Preguntas para seguir pensando

Desde tu experiencia: ¿qué momento de tu trayectoria profesional transformó más profundamente tu manera de enseñar?

Sobre nuestro aprendizaje: ¿de dónde provienen hoy los aprendizajes que más están modificando tu práctica: de la experiencia, el estudio, la reflexión o el diálogo con otros?

Entre maestros: ¿qué tendría que cambiar en nuestras escuelas para que aprender entre docentes formara realmente parte de la vida profesional?

Reflexión final

Seguir aprendiendo a lo largo de nuestra vida profesional no significa vivir permanentemente sintiendo que todavía nos falta algo.

Significa reconocer que la docencia es una profesión que se construye mientras la ejercemos.

Estudiamos, experimentamos, reflexionamos, conversamos y volvemos a mirar.

Y quizá una trayectoria docente no se define solamente por los años que llevamos enseñando, sino por las preguntas que todavía somos capaces de hacernos después de todos esos años.