Bienestar docente: comprender el aula también puede ayudarnos a dejar de culparnos por todo
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Reflexionar sobre nuestra práctica implica preguntarnos qué podemos hacer diferente. Pero cuando interpretamos cada dificultad como una falla personal, la reflexión puede convertirse en culpa. Comprender mejor el aula también significa aprender a distinguir entre ambas.
Hay preguntas que probablemente nos han acompañado más de una vez al salir de clase.
¿Debí explicarlo de otra manera?
¿Pude haberme dado cuenta antes?
¿Por qué no logré que participara?
¿Estaré haciendo algo mal?
¿Podría haber hecho más?
Preguntarnos por nuestras decisiones forma parte de ser docentes.
Revisamos lo que hacemos porque nos importa. Porque sabemos que nuestras decisiones tienen consecuencias y porque la experiencia también se construye cuando somos capaces de reconocer aquello que podríamos hacer diferente.
El problema aparece cuando esa capacidad para reflexionar comienza a transformarse en otra cosa.
Cuando cada dificultad del grupo parece hablarnos de nuestra capacidad profesional.
Cuando el problema de un estudiante se convierte inmediatamente en algo que deberíamos haber evitado.
Cuando aquello que no salió como esperábamos termina convertido en una pregunta sobre si somos suficientemente buenos docentes.
Una cosa es asumir responsabilidad sobre nuestra práctica y otra muy distinta sentirnos responsables de todo lo que ocurre alrededor de ella.
Comprender esa diferencia también puede formar parte del bienestar docente.
La culpa puede aparecer precisamente porque nos importa
No toda culpa docente nace de expectativas externas.
A veces aparece en aquello que más valoramos de nuestra profesión.
Queremos que nuestros estudiantes aprendan.
Nos importa que se sientan acompañados.
Deseamos construir experiencias educativas significativas.
Queremos actuar justamente.
Por eso, cuando algo no funciona, resulta natural preguntarnos qué podríamos haber hecho diferente.
Esa pregunta puede ser profundamente profesional.
El problema comienza cuando dejamos de utilizarla para comprender una situación y empezamos a utilizarla para juzgarnos.
“Esta estrategia no funcionó como esperaba.”
puede transformarse en:
“No soy suficientemente buen maestro.”
O:
“No logré acompañar a este estudiante.”
puede convertirse en:
“Le fallé.”
El acontecimiento deja entonces de ser algo que necesitamos interpretar y comienza a convertirse en una evaluación sobre nosotros mismos.
Reflexionar no significa asumir que todo depende de nosotros
La práctica reflexiva necesita responsabilidad.
Implica reconocer nuestras decisiones, revisar sus consecuencias y estar dispuestos a modificar aquello que podemos hacer mejor.
Pero reflexionar también exige comprender el contexto en el que actuamos.
En ¿Por qué enseñar ya no se siente igual que antes? vimos que nuestra profesión se desarrolla dentro de una escuela atravesada por transformaciones culturales, tecnológicas, institucionales y sociales.
Eso significa que aquello que ocurre en el aula nunca depende de una sola persona.
Los estudiantes tienen historias diferentes.
Las condiciones familiares importan.
Las relaciones entre compañeros importan.
Las desigualdades importan.
Las decisiones institucionales importan.
Los recursos disponibles importan.
Nuestra práctica también importa.
Comprender la complejidad no elimina nuestra responsabilidad.
Evita convertirla en una explicación total.
Hay una diferencia entre responsabilidad y culpa
Quizá necesitamos separar con mayor claridad estas dos palabras.
La responsabilidad profesional nos pregunta:
¿Qué parte de esta situación corresponde a mis decisiones y qué puedo hacer con ella?
La culpa, en cambio, puede llevarnos hacia otra pregunta:
¿Qué hice mal para que esto ocurriera?
La primera abre posibilidades de acción.
La segunda puede hacer que concentremos sobre nosotros mismos una situación que tiene muchas dimensiones.
Esto no significa que la culpa sea siempre absurda o que nunca cometamos errores.
Los cometemos.
A veces una decisión nuestra produce consecuencias que necesitamos reconocer, reparar o transformar.
Pero incluso entonces, castigarnos indefinidamente no mejora nuestra práctica.
Lo profesional es poder mirar lo ocurrido, asumir aquello que corresponde y aprender de ello.
Responsabilizarnos puede ayudarnos a actuar. Culpabilizarnos por todo puede hacernos creer que deberíamos haber sido capaces de controlar aquello que nunca dependió completamente de nosotros.
Cuanto más vemos, más fácil puede ser sentir que deberíamos hacer algo
Hay una paradoja en aprender a comprender mejor el aula.
Cuando ampliamos nuestra mirada comenzamos a reconocer cosas que antes podían pasar inadvertidas.
Vemos diferencias entre estudiantes.
Reconocemos desigualdades.
Comprendemos mejor determinadas conductas.
Advertimos necesidades que antes quizá habríamos interpretado de otra manera.
Eso es valioso.
Pero también puede aumentar nuestra sensación de responsabilidad.
Porque saber que algo existe puede hacernos sentir que deberíamos ser capaces de solucionarlo.
En No todo lo que afecta a nuestros estudiantes podemos resolverlo como docentes llegamos precisamente a ese límite.
Podemos reconocer una situación sin tener capacidad individual para transformarla.
Podemos acompañar sin resolver.
Podemos contribuir sin convertirnos en la única respuesta.
Y podemos preocuparnos profundamente por un estudiante sin asumir que todo aquello que le ocurre depende de nuestra intervención.
Comprender más no debería significar cargar más.
Debería ayudarnos a intervenir con mayor precisión.
También necesitamos comprender las condiciones desde las que enseñamos
Hay otra parte del contexto que solemos olvidar cuando reflexionamos sobre nuestra práctica:
nosotros también enseñamos bajo determinadas condiciones.
Tenemos cierto número de estudiantes.
Cierto tiempo.
Determinados recursos.
Una estructura institucional.
Responsabilidades administrativas.
Condiciones laborales.
Una vida fuera de la escuela.
Y límites humanos.
Cuando evaluamos nuestras decisiones como si hubieran ocurrido bajo condiciones ideales, resulta fácil concluir que siempre podríamos haber hecho algo más.
Pero enseñar nunca ocurre en condiciones ideales.
Como exploramos en ¿El cansancio docente también tiene que ver con los cambios de la escuela?, parte del desgaste contemporáneo proviene de intentar sostener simultáneamente múltiples responsabilidades.
Reconocer nuestras condiciones no significa utilizarlas como excusa.
Significa incorporarlas honestamente al análisis.
La pregunta deja de ser:
“¿Qué habría hecho el docente perfecto?”
y puede convertirse en algo mucho más útil:
“Con lo que sabía, los recursos que tenía y las condiciones en las que estaba, ¿qué hice y qué podría hacer diferente la próxima vez?”
Ahí la reflexión se vuelve situada.
No todo resultado educativo puede convertirse en una evaluación del docente
Hay algo particularmente difícil de aceptar en educación:
podemos hacer muchas cosas bien y, aun así, no obtener el resultado que esperábamos.
Podemos preparar una buena actividad y que un estudiante no se involucre.
Podemos acompañar y no lograr evitar una dificultad.
Podemos ofrecer oportunidades que alguien todavía no está en condiciones de aprovechar.
Podemos cambiar nuestra práctica y descubrir que el problema tenía otras dimensiones.
Eso no significa que nuestras decisiones sean irrelevantes.
Significa que educar no es producir resultados mediante una relación simple de causa y efecto.
Como vimos en ¿Por qué sentimos que cada año enseñar es más difícil?, cuanto más reconocemos la complejidad de la experiencia educativa, menos suficientes resultan las explicaciones de una sola causa.
Y, sin embargo, con frecuencia seguimos evaluándonos desde una fantasía de control:
Si hice bien mi trabajo, todo debería salir bien.
La educación rara vez funciona de esa manera.
Nuestra responsabilidad está en aquello que hacemos, en las decisiones que tomamos y en nuestra disposición para revisarlas.
No en controlar completamente todo lo que ocurre después.
Comprender puede ayudarnos a colocar la responsabilidad donde corresponde
Quizá una forma de sostener nuestra práctica sea aprender a detenernos frente a una situación difícil y separar algunas preguntas.
¿Qué ocurrió?
Antes de juzgarnos, intentar comprender.
¿Qué parte dependía de mí?
Reconocer nuestras decisiones sin exagerar nuestro control.
¿Qué podría hacer diferente?
Convertir la reflexión en aprendizaje.
¿Qué necesitaba de otras personas o de la institución?
Reconocer responsabilidades compartidas.
¿Qué simplemente no estaba en mis manos?
Aceptar límites sin convertirlos en indiferencia.
Estas preguntas no eliminan el malestar.
Tampoco hacen que una situación difícil deje de importarnos.
Pero pueden impedir que toda la complejidad del aula termine depositada en una sola conclusión:
“Fue mi culpa.”
El bienestar docente también necesita una mirada profesional sobre nosotros mismos
A veces hablamos del bienestar como aquello que hacemos después de trabajar.
Descansar.
Desconectarnos.
Recuperar energía.
Todo eso importa.
Pero quizá exista otra dimensión del cuidado que ocurre dentro de nuestra manera de interpretar la profesión.
Cómo hablamos de nuestros errores.
Qué esperamos de nosotros mismos.
Cuánta responsabilidad asumimos.
Qué hacemos con aquello que no podemos controlar.
Cuándo pedimos apoyo.
Cómo distinguimos compromiso de sacrificio.
El bienestar docente no consiste en dejar de sentir preocupación, frustración o culpa.
Esas emociones forman parte de una profesión profundamente humana.
Pero podemos aprender a no convertirlas automáticamente en la medida de nuestro valor profesional.
Cuidarnos también significa construir una relación con nuestra práctica en la que podamos reconocer errores sin definirnos por ellos, asumir responsabilidades sin apropiarnos de todas y aceptar límites sin sentir que estamos abandonando a nuestros estudiantes.
Quizá sostenernos también sea aprender a soltar algunas cargas
A lo largo de esta serie comenzamos preguntándonos por qué enseñar ya no se siente igual.
Después miramos el cansancio, la creciente complejidad de la profesión y los límites de aquello que podemos resolver.
Todas esas preguntas desembocan aquí.
No podemos sostener una profesión humana desde la expectativa de ser ilimitados.
Necesitamos conocimiento.
Experiencia.
Compromiso.
Reflexión.
Y también necesitamos aprender a reconocer qué cargas realmente nos corresponden.
Algunas tendremos que asumirlas.
Otras tendremos que compartirlas.
Algunas exigirán que pidamos ayuda.
Y habrá otras que tendremos que aprender a soltar.
No porque hayan dejado de importarnos.
Sino porque nunca estuvieron completamente en nuestras manos.
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Preguntas para seguir pensando
- Cuando algo no sale como esperabas en el aula, ¿tu primera reacción suele ser intentar comprender lo ocurrido o preguntarte qué hiciste mal?
- ¿Qué responsabilidades has cargado durante mucho tiempo como personales aunque en realidad necesitaban una respuesta compartida?
- ¿Cómo cambiarían nuestras conversaciones entre docentes si pudiéramos hablar de errores, límites y dificultades sin convertirlos inmediatamente en juicios sobre nuestra capacidad profesional?
Reflexión final
Enseñar nos transforma.
Nos obliga a revisar certezas, aprender de otros, convivir con la incertidumbre y reconocer continuamente aquello que todavía no comprendemos.
También nos confronta con nuestros límites.
Quizá una parte importante del bienestar docente consista en aprender a vivir esa experiencia sin exigirnos una capacidad imposible de controlar todo aquello que ocurre alrededor de nuestros estudiantes.
No se trata de liberarnos de responsabilidad.
Se trata de asumirla de manera más consciente.
Preguntarnos qué podemos transformar.
Reconocer cuándo necesitamos a otros.
Aceptar aquello que no estaba en nuestras manos.
Y permitir que nuestros errores se conviertan en aprendizaje sin convertirlos automáticamente en una definición sobre quiénes somos como docentes.
Comprender mejor el aula no siempre hará que enseñar sea más sencillo. Pero puede ayudarnos a intervenir con mayor precisión, colocar las responsabilidades donde corresponden y dejar de cargar individualmente con toda la complejidad de educar.
Quizá cuidarnos también comience ahí.
No intentando sentir menos.
Sino aprendiendo a comprender mejor aquello que sentimos mientras seguimos enseñando.
Para seguir pensando esta experiencia
📚 Macro Serie. Ser maestro de alumnos de otro mundo
📚 Serie. Ser Docente también cambió
📚 Serie. Aprender entre maestros
📚 Serie. Enseñar también nos tranforma
📌¿Por qué enseñar ya no se siente igual que antes?
📌 ¿El cansancio docente también tiene que ver con los cambios de la escuela?
📌 ¿Por qué sentimos que cada año enseñar es más difícil?
📌No todo lo que afecta a nuestros estudiantes podemos resolverlo como docentes
📌Bienestar docente: comprender el aula también puede ayudarnos a dejar de culparnos por todo







