No se nota, pero pesa: las condiciones invisibles del magisterio

Introducción: lo que no se ve, pero se carga todos los días

A muchos nos pasa… llegamos a la escuela, saludamos, damos clase, resolvemos conflictos, llenamos formatos y regresamos a casa como si nada. Y justo ahí está el problema: parece que no pasa nada, pero por dentro pasan muchas cosas.

Ansiedad que se controla “a la mala”, TDAH que se disimula con sobreesfuerzo, autismo que se camufla para no incomodar, enfermedades crónicas que duelen en silencio, depresión que se esconde detrás del “todo bien, profe”.

Esto casi no se dice, pero en el magisterio trabajamos como si el cuerpo y la mente no importaran, como si ser docente implicara apagar lo que sentimos para que la escuela funcione.

Este texto es un espacio para nombrar eso que no se ve, pero pesa… y mucho.


Dar clase con algo que no siempre se nota

Neurodiversidad: pensar distinto en un sistema que pide uniformidad

Autismo y TDAH no son “modas” ni etiquetas nuevas. Son formas distintas de procesar el mundo. El problema no es ser neurodivergente; el problema es una escuela que espera que todos funcionemos igual.

Un docente con TDAH puede ser creativo, apasionado y brillante… pero vivir agotado por sostener la atención, cumplir tiempos rígidos y organizarse en un sistema que no fue pensado para él.

Un docente dentro del espectro autista puede amar su materia, cuidar cada detalle de su clase, pero sentirse drenado socialmente por juntas eternas, ruido constante y ambigüedad institucional.

No es falta de capacidad. Es sobreadaptación constante.


Ansiedad y depresión: seguir trabajando con la cabeza en otra parte

La ansiedad no siempre es un ataque de pánico. A veces es ese nudo permanente en el estómago, la mente que no se apaga, el cuerpo en alerta incluso en el recreo.

La depresión no siempre es llorar. Muchas veces es dar clase en automático, sonreír por inercia y llegar a casa sin energía ni ganas de nada.

Y aun así, el sistema escolar suele responder con frases como:
“Échale ganas”,
“Todos estamos cansados”,
“Es parte del trabajo”.

No es flojera, es desgaste emocional sostenido.


Enfermedades crónicas y dolor constante: enseñar con el cuerpo cansado

Dolor de espalda, migrañas, problemas gastrointestinales, enfermedades autoinmunes… condiciones que no se ven, pero que acompañan cada jornada.

Dar clase con dolor implica:

  • Calcular cuánto tiempo puedes estar de pie.

  • Medir la energía como si fuera batería.

  • Decidir entre descansar o planear.

Y aun así, muchas veces se vive con culpa, porque “no pareces enfermo”.

Desde lo social, al docente se le reconoce por resistir, no por cuidarse. Y eso pasa factura.


El silencio como norma cultural del magisterio

En la cultura escolar mexicana, hablar de salud mental o condiciones invisibles sigue siendo incómodo. Hay miedo a ser etiquetado como poco profesional, débil o problemático.

Por eso muchos docentes prefieren callar, compensar, aguantar… hasta que el cuerpo o la mente dicen basta.

Desde una mirada antropológica, el magisterio ha normalizado el sacrificio como virtud. Pero sacrificarte no debería ser requisito para enseñar.

Preguntas para la reflexión docente

  • ¿Qué partes de tu salud has tenido que esconder para seguir trabajando?

  • ¿Cuántas veces te has exigido más justo cuando estabas peor?

  • ¿Cómo cambiaría la escuela si el bienestar docente fuera una prioridad real?

Cierre: no estás solo, aunque así se sienta

Hablar de estas condiciones no es queja, es conciencia. Es empezar a construir una escuela donde el docente no tenga que desaparecer para que el sistema funcione.

Si algo de esto te resonó, no es casualidad. Somos muchos cargando lo invisible, sosteniéndonos entre planeaciones, grupos y responsabilidades.

Nombrarlo también es una forma de resistencia pedagógica… y de comunidad.

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