Cuando tu cuerpo también es un reto pedagógico: vivir la disautonomía siendo docente

Introducción: cuando el cuerpo también entra a la planeación

A muchos nos pasa… llegamos al aula con la clase bien pensada, el material listo, la intención clara, pero el cuerpo parece ir por otro camino. Palpitaciones raras, mareo, cansancio que no se quita ni con el tercer café, sudor frío justo cuando te toca explicar el tema clave.

Y no, no es flojera, no es falta de vocación y tampoco “la edad”. Esto casi no se dice, pero hay docentes dando clase mientras su sistema nervioso anda en modo fallo técnico. A eso se le llama disautonomía, y aunque suene a palabra de consultorio médico, se vive todos los días en la escuela.

Este texto no es para dar lástima ni para victimizar a nadie. Es para ponerle palabras a algo que muchos viven en silencio mientras siguen pasando lista, cuidando recreos y llenando formatos que nadie lee 😅.

Según la Gaceta de la Universidad de Guadalajara «Una de cada 10 personas padecen disautonomía». 


¿Qué es la disautonomía y por qué afecta tanto en el aula?

La disautonomía es, dicho en corto y sin bata blanca, un desajuste del sistema nervioso autónomo. Es el sistema que se encarga de cosas que no pensamos: respirar, regular el pulso, la presión, la temperatura.

Cuando ese sistema se descoordina, el cuerpo reacciona como si estuviera en peligro… aunque solo estés explicando fracciones.

En la escuela se siente así:

  • Te levantas del escritorio y te mareas.

  • El corazón se acelera en plena clase, sin razón aparente.

  • El cansancio es constante, aunque duermas.

  • La concentración se va justo cuando más la necesitas.

Y claro, en un contexto escolar donde estar bien físicamente parece un requisito invisible, esto se vive con culpa.


Dar clase cuando el cuerpo no coopera

Aquí no hablamos de “echarle ganas”. Hablamos de sobrevivir pedagógicamente.

Imagina explicar un tema nuevo mientras tu cuerpo está en modo alerta máxima. O controlar un grupo inquieto cuando sientes que te falta el aire. El reto no es solo didáctico, es corporal.

Muchos docentes con disautonomía desarrollan estrategias sin saber que lo son:

  • Sentarse más tiempo y sentirse mal por ello.

  • Ajustar dinámicas sin decir por qué.

  • Evitar ciertas actividades por miedo a descompensarse.

Desde la psicología educativa, esto genera estrés crónico, y desde lo social, una presión silenciosa: “un buen maestro puede con todo”.

Spoiler: nadie puede con todo.


La cultura escolar y el cuerpo docente invisible

En la escuela se cuida el cuerpo del alumno (y qué bueno), pero el del docente casi no existe. Aguanta, cúbrete, no faltes, “así estamos todos”.

Desde una mirada antropológica, el magisterio ha normalizado el desgaste como prueba de compromiso. Entre más cansado, más responsable. Entre más enfermo, más vocación.

Y ahí está el problema: cuando el cuerpo falla, el docente siente que él es el problema.

No es así.


Estrategias reales (no mágicas) para docentes que viven con disautonomía

No hay recetas universales, pero sí pequeñas decisiones que ayudan a sostener la práctica sin romperse, algunas recomendaciones para el autocuidado de la salud:

  • Reconocer límites sin culpa. El cuerpo no es el enemigo, es información.

  • Ajustar la enseñanza: más pausas, más trabajo guiado, menos sobreexigencia.

  • Buscar acompañamiento médico y emocional (sí, aunque el sistema no lo facilite).

  • Hablarlo con colegas de confianza. El silencio desgasta más.

Esto también es pedagogía del cuidado.

Preguntas para la reflexión docente

  • ¿Cuántas veces has minimizado tu malestar físico para “no quedar mal” en la escuela?

  • ¿Qué cambiaría en tu práctica si escucharas más a tu cuerpo?

  • ¿Cómo sería una escuela que también cuida a quien enseña?

Cierre: enseñar también es habitar un cuerpo

Ser docente no es solo planear, evaluar y resistir. Es estar presente con todo lo que somos, incluso con un cuerpo que a veces no responde como quisiéramos.

Hablar de disautonomía en el aula no es debilidad. Es dignidad profesional. Es recordarnos que enseñar no debería costarnos la salud.

Aquí estamos muchos, cansados pero pensando, agotados pero reflexivos, sosteniéndonos en comunidad. Y eso, aunque no venga en los planes y programas, también educa.